Macron: un proyecto liberal para una Francia polarizada

francia-final/ LRV

Alexis, estudiante de historia en la Universidad de Toulouse – Jean Jaurès, encuentra una respuesta rápida cuando se le pregunta por las consecuencias para el país de la recién estrenada presidencia del liberal Emmanuel Macron: “Prosperidad en el mundo de las finanzas pero situación crítica para los obreros con una nueva Ley del Trabajo versión 2.0”, en referencia a la polémica normativa laboral aprobada el pasado año por el gobierno del presidente socialista saliente, François Hollande. Y añade: “Voté a Jean-Luc Mélenchon en la primera vuelta por el espíritu social y moderno del movimiento que lidera, pero ni Macron ni Le Pen merecían mi apoyo”, por lo que decidió abstenerse en segunda vuelta.

El presidente más joven de la historia reciente de Francia -39 años- no pertenece a ninguna de las dos grandes familias políticas, aunque haya sido ministro de Hollande. Su recién formado equipo de gobierno es un experimento con el que pretende superar la tradicional división entre derecha e izquierda. Al frente de la economía, dos ministros conservadores. El Ministerio de Exteriores y el de Interior, en manos de socialistas. Medio Ambiente para un destacado ecologista y Cultura para una editora. Un complicado ejercicio de equilibrio que deberá pasar su primera prueba de fuego el próximo mes, cuando se celebren las elecciones legislativas. Aunque tradicionalmente Francia otorga mayoría en la Asamblea nacional al partido del candidato que gana las presidenciales, el gobierno ‘transversal’ de Macron podría tener dificultades para lograr el respaldo definitivo de los franceses, el que le permitiría gobernar.

¿Pero quiénes son los franceses? Novecientos kilómetros separan a la lluviosa Lille -ciudad fronteriza con la vecina Bélgica y a cuya región la ultranacionalista Marine Le Pen le debe gran parte de su éxito- de Toulouse, urbe sureña donde estudia Alexis, a medio camino entre la costa atlántica y mediterránea y donde el candidato de izquierdas Mélenchon fue el más votado en la primera vuelta de las presidenciales. El Hexágono, término empleado para referirse a la Francia metropolitana por su característica geografía, es un territorio de grandes dimensiones si se compara con la mayoría de países europeos. Quizá el español medio cree que los franceses forman una sociedad bastante homogénea en el plano cultural y social. Pero nada más lejos de la realidad.

La elección presidencial más incierta y controvertida desde la instauración de la Quinta República en el año 1958 no ha hecho sino poner de manifiesto los fuertes contrastes que existen entre la ciudad y el campo o entre el este y el oeste. Los cuatro candidatos más votados en la primera vuelta del pasado 23 de abril -Emmanuel Macron (del movimiento En Marche!), Marine Le Pen (Frente Nacional), François Fillon (Los Republicanos) y Jean-Luc Mélenchon (movimiento Francia Insumisa)- recibieron porcentajes de apoyo muy similares: alrededor del 20% del voto para cada uno de ellos. El 7 de mayo, en la segunda vuelta, Macron consiguió el 66% de los sufragios frente al 33% de Le Pen. La abstención, junto a los votos en blanco y nulos, sumaron un nuevo récord (37%). Francia está dividida, ampliamente decepcionada con la política tradicional y para darse cuenta de ello no hay más que echar un vistazo al mapa del voto en la primera vuelta.

Macron, que promete “simplificar” las obligaciones administrativas de las pymes, “liberalizar” la economía “y al mismo tiempo proteger a las personas”, logró sus mejores resultados en las tres regiones del oeste (Bretaña, País del Loira y Nueva Aquitania). En ésta última, la región que exporta el famoso vino de Burdeos a todos los rincones del planeta, el candidato de En Marcha consiguió el apoyo de uno de cada cuatro votantes, superando en 5 puntos a Mélenchon que quedó en segundo lugar. Emmanuelle, consultora en una agencia de contratación, no dudó en apoyar a Macron. Tiene 48 años y aunque nació en uno de los municipios más ricos de Francia (Enghien-les-Bains, en la periferia de París) reside en una pequeña localidad situada entre Burdeos y Bayona. Se autodefine como “liberal pero un poco social”.

Los nuevos feudos de Le Pen

Sin embargo, en las antiguas cuencas mineras del norte de Francia y en los valles de la siderurgia del este, es Marine Le Pen quien ha conseguido con éxito atraer el voto de lo que antaño fueron los bastiones del Partido Comunista, primero, y de los socialistas, después. Su discurso denuncia la desindustrialización, debido a las “políticas globalizadoras” que han hecho que las fábricas y minas se trasladen a otros países con una mano de obra más barata que Francia. Y culpa de ello al expresidente Hollande y, por supuesto, al que fuera uno de sus ministros estrella, Macron.

Las posturas nacionalistas y eurófobas del Frente Nacional también reciben un gran número de votos en zonas rurales y pequeñas ciudades como Castres, cerca de Toulouse, donde no son pocos los que añoran una Francia que ya no existe. Xavier tiene 22 años, es ‘castrais’ pero estudia medicina en Bruselas. Afirma ser católico y de derechas, votó al conservador Fillon en primera vuelta y a Macron en segunda. Se lamenta de que en su localidad Le Pen le pisara los talones al candidato liberal – ambos obtuvieron alrededor del 22% de los votos, pero es consciente de que “la gente busca soluciones a sus problemas y apoya a quien promete dárselas”.

Respecto al movimiento de la Francia Insumisa, liderado por el veterano político de la izquierda gala Jean-Luc Mélenchon, encontró en las grandes ciudades a sus más fieles aliados para un proyecto centrado en lo social, que buscaba poner fin a lo que él denomina la “monarquía presidencial” (defiende que el Presidente reúne demasiado poder) a través de un cambio constitucional que regenerase la vida política y reformase el anquilosado entramado institucional francés. Transición ecológica, grandes inversiones estatales con el objetivo de fomentar el empleo -por ello recibió notables críticas debido a la abultada deuda pública- y una clara apuesta por reforzar el amplio Estado del bienestar que durante décadas ha sido una seña de identidad de Francia. Sin embargo, el mensaje de los ‘insumisos’ ha tenido mayores dificultades para calar en el medio rural.

Pero quizá lo más relevante de esta agitada elección que ha abierto una nueva etapa política en Francia es la irrelevancia a la que se han visto condenados los dos grandes partidos de la República, que han dominado la política en las últimas décadas. El candidato socialista, Benoît Hamon, apenas alcanzó el 6% de los votos en primera vuelta después de que destacados dirigentes de su partido le dieran la espalda y apoyaran abiertamente a Macron. Pese a haber sido imputado por haber pagado presuntamente sueldos públicos a su mujer e hijos durante años, mejor le fue al candidato de Los Republicanos, François Fillon, pero el 20% de votos recibidos no le permitió ser presidenciable tras ser uno de los favoritos al comienzo de la carrera.

Macron tiene ahora por delante la ardua tarea de unir a los franceses en torno a un proyecto liberal encabezado por dirigentes de uno y otro lado del espectro político, pero que encontrará la oposición de gran parte de la izquierda y por descontado de la extrema derecha, cuyas tesis antiglobalizadoras y en contra de Bruselas son cada vez más populares.

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