La elección que desconcertó al mundo

Se cumple una semana de la cita con las urnas, tras una de las campañas electorales más mediáticas de la historia reciente, y empiezan a despejarse algunas dudas sobre cómo será el próximo gobierno de los Estados Unidos de América.

En El Impuntual no hemos querido perder la ocasión de analizar los posibles ‘porqués’ que subyacen a la elección de Donald Trump como nuevo capitán de un barco cuya tripulación aún discute el nuevo rumbo. 

Por Marina Force, Bernat Surroca y Maria del Mar Gallardo

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Diseño de Julen Díaz

 

Primero el ‘Brexit’, después el rechazo popular al acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC y ahora la victoria de Donald Trump. Las tres votaciones se erigen como una auténtica impugnación acerca de la utilidad de los sondeos y las tres han dejado boquiabiertos a medio mundo. Tan sólo Michael Moore y Los Ángeles Times atinaron al predecir el resultado del 8 de noviembre que permitirá al millonario neoyorquino ser el nuevo inquilino de la Casa Blanca, a falta del recuento de algunos votos ya irrelevantes.

Precisamente allí se reunieron el pasado jueves Barack Obama y Donald Trump para dar inicio a un traspaso de poderes más o menos pacífico que culminará el 20 de enero, cuando el presidente electo asumirá el cargo. Es la imagen que Obama quería evitar: él, con una cara más que estudiada, ofreciendo la mano (y su legado, y el país en general) a Trump, a quien había ridiculizado en público hace algunos años. La imagen es contundente: ‘He ganado’. A pesar de haber perdido en votos (algo que no pasaba desde Al Gore y George W. Bush en el 2000), Donald Trump ha ganado en delegados, que son los que eligen al presidente en el Colegio Electoral.

 

Delegados electorales conseguidos por ambos candidatos y porcentaje de voto popular / BBC

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Sin embargo, más que una victoria de Trump, los resultados de estas elecciones reflejan una derrota de Clinton. Durante la noche electoral, los ‘swing-states’ o estados péndulo (aquellos indecisos, donde realmente se disputan las elecciones) iban cayendo sin piedad hacia el lado republicano. Florida, Ohio, Carolina del Norte, Wisconsin… Y finalmente Pennsylvania. Clinton, según las encuestas, lo tenía bien para ganar, pero es cierto que en los estados indecisos los resultados eran mucho más ajustados. En todos los casos excepto en Ohio, donde se pronosticaba un empate, las encuestas daban una ligera ventaja a Clinton. Hillary tenía que ganar en esos estados y no lo consiguió.

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El actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, recibe a su sucesor en la Casa Blanca / ARA

 

Hay algunos elementos que permiten entender por qué Clinton ha perdido. Por qué una candidata que parecía predestinada a ser ‘la señora presidenta’ (toda la vida en política, primera dama, senadora, secretaria de Estado… Toda la vida construyéndose su acceso al Despacho Oval), ha acabado su carrera política cuando todas las apuestas la daban vencedora.

‘Soy una mujer y Trump da mucho miedo’

Clinton es la representación del establishment. Se podrá disimular más o menos, pero Hillary Clinton es lo más parecido al establishment norteamericano. Y esto, hoy, es importante por dos motivos principalmente: Clinton se convirtió en la candidata demócrata derrotando a Bernie Sanders (el candidato socialista contrario a las elites) y eso no ha gustado a las bases del partido y a la izquierda de los Estados Unidos; y segundo motivo: Clinton se ha enfrentado a un candidato que, a su vez, ha basado también buena parte de su discurso en atacar a las élites. Trump ha sido capaz de evitar que mucha gente votara a Hillary. Eso no significa que lo hayan votado a él, que es igual o más ‘élite’ que Clinton, pero sí que se quedaran en casa y no votasen.

A eso se le puede sumar el caso de los emails de Clinton. Ese escándalo, reabierto a ocho días de las elecciones por el FBI, puede haber contribuido a que el discurso de Trump (‘Hillary es deshonesta, Hillary es corrupta’) haya calado más entre aquella gente que estaba indecisa.

Además se han escuchado pocos argumentos de Clinton en campaña. ‘Soy una mujer y Trump da mucho miedo’, eso ha sido lo que ha dicho principalmente la candidata demócrata. Lógico, por otro lado, porque parecía que Trump se autodestruiría solo (o lo destruirían sus propios escándalos). Callar, dejar en evidencia al millonario republicano y esperar al 8 de noviembre.

Clinton ha querido reivindicarse como la primera mujer que podía convertirse en presidenta: este es un argumento que a muchos nos gusta, pero que a mucha otra gente o no le interesa, o no le ayuda a llegar a fin de mes, o simplemente no le gusta que una mujer mande. Además, sería interesante ver hasta qué punto los norteamericanos ven a Clinton como una mujer y no como una política. Asimismo, Hillary se ha encargado de repetir por activa y por pasiva que Trump es lo peor, que da mucho miedo, que América ya es grande y que juntos somos mejores. Y las propuestas que hacía (que son muchas y bien trabajadas, gusten o no) no llegaban donde tenían que llegar.

Un discurso político atípico

Mientras tanto, Trump iba proponiendo cosas (algunas posibles, algunas improbables y otras simplemente de locos) que gustaban a mucha gente porque veía a alguien que entendía sus problemas y le aportaba “soluciones”. En momentos complicados como los que viven muchos norteamericanos, la gente compra soluciones sencillas que les saquen de sus problemas. Y Trump ofrecía un discurso cercano, claro y directo, bastante atípico en política.

Por otra parte, Clinton no ha conseguido generar la ilusión de Obama. A pesar de presentarse como su continuación, a pesar de hacer campaña conjunta, los votantes no han visto en Hillary el cambio de Obama. Y el motivo principal es que la gente ya la conoce: sabe qué ha apoyado, sabe quién es y qué ha a sido. No es nada nuevo. Muchas zonas que en 2008 o 2012 votaron a Obama, el martes votaron a Trump (que, en cierto modo, es también un cambio, como el que encarnó Obama o el que prometía Sanders). Los jóvenes, que votaron Obama, no han votado a Clinton, y las mujeres, que tenían que salvarla, tampoco han ido a votar en masa.

En resumen, estos factores y otros tantos pueden explicar por qué Hillary no ha sido capaz de movilizar a su electorado. Puede que Clinton acabe sacando más votos que Obama en 2012; según el recuento actual del ‘The New York Times’ está a unos dos millones del actual presidente y a unos seis de sus resultados en 2008. Trump supera ligeramente a Romney (2012) y McCain (2008). A pesar de ello, Hillary ha perdido dónde no tenía que perder y no ha convencido a quién tenía que convencer. Y Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos y, nada más empezar, ya ha puesto a un negacionista del cambio climático encabezando la Agencia del Medio Ambiente, a un populista radical de extrema derecha en su equipo (Steve Bannon) en su equipo, y ya ha anunciado que quiere deportar a tres millones de inmigrantes ‘sin papeles’.

¿Quiénes están detrás de la victoria de Trump?

Principalmente hombres y mujeres blancas, con distinto poder adquisitivo, han sido quienes han empujado al candidato más polémico a las puertas de la Casa Blanca. El electorado blanco en estas elecciones ha representado el 70%. De acuerdo con los datos, el 52% de las mujeres blancas le han concedido su apoyo a Trump, el 63% en el caso de los hombres.  Estas cifras contrastan con el 80% de hombres afroamericanos que confiaron en Clinton, porcentaje que se eleva hasta el 93% en las mujeres.

Las minorías que hicieron presidente a Obama esta vez no salieron a votar masivamente por Clinton. Su mayor fracaso ha sido la incapacidad de ilusionar a la comunidad hispana y esto a pesar de escoger como vicepresidente a Tim Kaine, el único que ha dado un discurso entero en español. Si en 2012, un 70% de los latinos concedieron su apoyo a Obama, en estos comicios el 65% ha votado a Clinton. Dicho de otra manera, cerca del 30% ha votado republicano, aunque su candidato ha amenazado con construir un muro y llevar a cabo deportaciones masivas.

El nivel de educación de los votantes también muestra tendencias clave. Los votantes con estudios universitarios y de postgrado apoyaron más a Clinton. De hecho, sólo el 37% de los votantes con títulos de posgrado optó por republicano. Aquellos con educación secundaria y algunos estudios universitarios mostraron, por el contrario, más apoyo a Trump, aunque los márgenes son estrechos.


El candidato republicano también supo leer mejor la frustración por el paro y la decadencia de la industria a la que hace frente una parte de la población blanca, en los condados rurales del viejo ‘cinturón de óxido’ (Rust Belt) del Medio este, es decir, de Wisconsin a Pensilvania. Aunque tradicionalmente éste era territorio demócrata, parece que los ocho años de gobierno Obama no han convencido a este sector de la población, el más perjudicado por la globalización. De hecho, el 65% de quienes creen que los acuerdos de comercio internacionales quitan puestos de trabajo a los estadounidenses han votado a Trump. Esto es un gran número de votos si se considera que el 42% de los estadounidenses están de acuerdo con esta afirmación.  Trump ganó el 64% del voto rural y el 50% del voto urbano. Por el contrario, Clinton consiguió el 59% del voto urbano. Trump solamente el 35%.

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Un país dividido

“Volveremos a ser un gran país otra vez”, este es uno de los leitmotivs de la campaña de Trump. Por el momento, el que ha sido electo como el 45 presidente de Estados Unidos tiene que coser una herida abierta en la sociedad americana y es que ya se han dado numerosas manifestaciones en todo el territorio con pancartas como ‘Trump no es mi presidente’. Una muestra más de la grieta divisoria que se ha ido dibujando en la sociedad estadounidense durante los últimos ocho años, y que llegó a su culminación la noche del pasado 8 de noviembre. Estados Unidos, contra las recientes peticiones del presidente Obama —y del propio presidente electo— está más desunido que nunca.

Eso sí, si algo une a los defensores y detractores de Trump es que todos conocen a la perfección, para bien o para mal, la dialéctica que el futuro inquilino de la Casa Blanca ha utilizado durante toda la campaña. De recordar el racismo, xenofobia y misoginia del candidato republicano a la opinión pública se han encargado los medios de comunicación, sobre todo las televisiones, quienes le han dado gratuitamente una publicidad que, de haber tenido que pagarla, le habría costado 5.600 millones de dólares según datos de la empresa MediaQuant. Pero… ¿y ahora qué?

“Construiré un gran muro”, “Pido un bloqueo absoluto a la entrada de musulmanes dentro de Estados Unidos”, “No creo en el cambio climático”, “Revocaremos y sustituiremos el Obamacare”. Estas son solo algunas de las promesas que Trump ha hecho en el último año. A poco más de dos meses para entrar en el Despacho Oval, sin embargo, la pregunta que se hacen analistas y medios es: ¿cuántas de ellas podrá hacer realidad?

De la promesa a la acción: inmigración, cambio climático y sanidad

De entrada, la promesa de prohibir la entrada de musulmanes al territorio ha desaparecido de su página web. No lo han hecho ninguna de las referencias a la derogación del decreto presidencial de Obama que prohíbe la deportación de los hijos menores de 16 años de inmigrantes irregulares ni a la construcción de un muro en la frontera con México, 8.000 millones de dólares (el triple según el Washington Post) que tendría que pagar el Gobierno de Peña Nieto. No en vano uno de los máximos afectados por la incertidumbre que genera la victoria del magnate neoyorquino en las urnas ha sido el peso mexicano.

Por otra parte, la reciente entrada vigor y ratificación del acuerdo de París, en el que casi 200 países firmantes se comprometieron a no superar la barrera de los dos grados de aumento de la temperatura global, puede complicar al nuevo presidente, que considera el cambio climático un “fraude”, sus intenciones de anularlo. Mucho más fácil le será derogar otra de las órdenes ejecutivas de Obama para la regulación de la emisión de gases invernadero, así como el aumento de la inversión en energías renovables.

Y es que Trump no estará solo en su lucha contra el legado de Obama. A pesar de sus conocidos desencuentros con el partido republicano y una de sus figuras más influyentes, Paul Ryan, el multimillonario tendrá un Congreso de mayoría republicana que odia tanto o más las medidas tomadas por el presidente saliente. Una de ellas, el polémico y famoso ‘Obamacare’. La reforma sanitaria, una de las políticas estrella de Obama que ha dado cobertura a más de 20 millones de personas (otros 24 continúan sin ella) ha recibido, desde el inicio de campaña, algunos de los dardos más envenenados por parte del candidato republicano.

Sin embargo, en una entrevista con el diario Wall Street Journal después de su primer encuentro con Obama, Trump, que había prometido en más de una ocasión derogar la reforma desde el día uno de su presidencia, ha admitido que hay partes de la ley con las que está de acuerdo, como la posibilidad que los menores de 25 años puedan beneficiarse de la cobertura familiar y que aquellas personas con condiciones médicas previas no queden fuera de este servicio.

Dudas en economía y política exterior

Hace apenas unos días que Donald Trump fue elegido como próximo presidente de los Estados Unidos, y existen muchas dudas sobre qué política económica llevará a cabo. A las preocupantes propuestas sobre inmigración, medio ambiente y sanidad hay que añadir también las bajadas de impuestos generalizadas, que sin recortes en el gasto federal podrían generar un billón de dólares de déficit en 10 años, según la Brookings Institution; la creación de 25 millones de puestos de trabajo en una década, sobre la que aún no hay detalle alguno; y una política aislacionista a nivel comercial y de alianzas internacionales que choca con la intención del flamante presidente de bombardear al Estado Islámico y entablar unas mejores relaciones con la Rusia de Putin.

Fuera de cualquier duda queda el hecho de que un presidente republicano con una Cámara de Representantes y un Senado republicanos (este último con una mayoría más ajustada, hay que añadir) tendrá mucho más fácil nombrar a un nuevo juez para la novena silla del Tribunal Supremo, vacante desde la muerte de Antonin Scalia en febrero. El conservador que pase a ocupar este cargo —vitalicio— romperá el equilibrio ideológico de una institución que en los últimos años ha sido responsable de decisiones tan importantes como declarar inconstitucional la ley matrimonial de 1996, que prohibía a las parejas homosexuales casarse en numerosos estados del país.

 

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