Yashed, inmigrante en Francia: “Al menos en Afganistán moriríamos como hombres”

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Un grupo de migrantes tiende la ropa en un campamento de París / Luis de Jesús

 

Miles de tiendas de campaña rodeadas de basura, cartones cubiertos de sábanas amarillentas, colchones desvencijados y tendederos de ropa sucia. Así era el cuadro que, por años, enmarcó los cuatro kilómetros cuadrados de la llamada ‘Jungla’ de Calais, al norte de Francia, y los asentamientos ilegales de inmigrantes en París, donde, en total, unas 10.000 personas malvivían hasta hace poco.

Apenas dos semanas han pasado desde que las autoridades francesas desmantelaron la ‘Jungla’, uno de los campamentos de inmigrantes más grande de toda Europa. Allí, más de 6.000 personas habitaban –algunas, por años– en condiciones infrahumanas, incluyendo cerca de 2.000 niños y mujeres.

En la capital, el escenario no era muy diferente. El pasado 31 de octubre, la Prefectura de París evacuó el mayor asentamiento de inmigrantes en los alrededores de las estaciones de metro Stalingrad y Jaurés, en el noreste de la ciudad. En esa ocasión, 3.852 sin papeles –incluyendo más de 300 mujeres y niños– fueron reubicados en centros de acogida. De ellos, entre 500 y 800 procedían de Calais, el resto ya estaban instalados en las calles de la capital francesa desde antes del desalojo de la ‘Jungla’.

Pero lejos de acabar, la situación parece encontrarse en su punto más álgido. A esta fecha, unos 100 inmigrantes continúan llegando diariamente a París, según la propia alcaldesa Anne Hidalgo, y los centros de internamiento no dan a basto. Más de 300 Centros de Acogida y Orientación (CAO) han sido habilitados en toda Francia desde que el Gobierno anunció a mediados de este año que inmigrantes y refugiados serían acogidos bajo el manto de las autoridades.

El ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, anunciaba la pasada semana que algo más de 7.000 personas “han sido acogidas por el Estado tras la evacuación de Calais”, de las cuales, 5.132 adultos fueron enviados a CAO, mientras “se están estudiando los expedientes de otros 1.932 menores”.

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Las clases gratuitas de francés en la calle, organizadas por asociaciones, favorecen la integración de los migrantes / Luis de Jesús

 

Sin embargo, son precisamente los procedimientos de las autoridades, a todas luces apresurados y, en ocasiones desorganizados, lo que más recelo despiertan en la población. Para muchos, los centros distan de ser una solución real a la crisis de refugiados en Francia y no son más que una cortina de humo de cara a las elecciones que se avecinan en 2017.

“Aquí hay muchos inmigrantes que no son demandantes de asilo y hace falta encontrar una solución para ellos. Esto (la formación de nuevos campamentos) va a volver a pasar”, asegura a El Impuntual Maria Joseph, miembro del colectivo voluntario Solidarité Notre-Dame de Tanger.

Un problema de fondo

Según cifras de la propia Prefectura, en lo que va de año los campamentos de inmigrantes en París se han desmantelado “en 30 ocasiones”, sólo para que vuelvan a brotar como hongos al cabo de unas semanas. Calais, paraje de paso de aquellos que esperaban llegar hasta Reino Unido a través del canal de La Mancha, había sido ya desmantelado en 2002, pero brotó con mayor fuerza.

Y es que para muchos de los inmigrantes, en su mayoría, provenientes de la zona del cuerno de África –Sudán, Eritrea, Etiopía– y países como Afganistán y Pakistán, vivir en chabolas, a la orilla de la calle, es mucho mejor que regresar a sus países, devastados por el desempleo, la hambruna y la guerra. Tentar a la muerte intentando cruzar el Mediterráneo no les es más peligroso que quedarse en casa.

Cuenta de eso da Abdrihmn Mohghd, sudanés de 25 años, quien asegura que prefiere quedarse en su tienda de campaña –en la que vivió por ocho meses en París– antes que regresar a Sudán. “Yo quiero quedarme aquí, no quiero ir allá (al centro), si no me gusta donde me van a llevar, me regreso aquí (al campamento)”. “Yo quiero hacer mi vida aquí en Francia”, subraya.

Pero es un precio que no todos están dispuestos a pagar. Yashed, un afgano de 30 años que llegó a Francia hace un mes, dice: “vivimos como animales y nos tratan como animales”. Llegó a través de Italia y, desde entonces, su estado de inmigrante no ha mejorado mucho, a pesar de que cuenta con papeles para iniciar su proceso de solicitud de asilo.

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Decenas de tiendas de campaña forman campamentos improvisados en plazas y calles de París / Luis de Jesús

 

Si bien es muy pronto para determinar la eficacia de las medidas de las autoridades francesas, lo cierto es que llegan tarde. La dilación del Gobierno galo para tomar cartas en el asunto empeoró una situación que comenzó hace un lustro, cuando las primeras oleadas masivas de inmigrantes ya daban indicios de una crisis humanitaria en Europa. En lo que va de año, Francia ha registrado unas 800.000 solicitudes de asilo; de ellas, menos de un tercio se han respondido, según la División de Inmigración Internacional de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).

Europa no era lo que esperaban

Ahora, con la acogida de los inmigrantes de Calais, París y otras regiones de Francia en los CAO, las autoridades esperan estabilizar un problema que se les escapó de las manos hace mucho. Los centros de internamiento deben funcionar como espacios de acogida temporal en el que los inmigrantes puedan regular su estatus en el país, a la vez que se analizan aquellos casos que cualifican para ser admitidos como refugiados.

En ese sentido, “aquellos inmigrantes que no tengan derecho a asilo deberán ser reconducidos (a sus países) con humanidad, pero con firmeza”, expresaba hace unos días el primer ministro francés, Manuel Valls. He ahí el problema. La inmensa mayoría de los inmigrantes no tienen nada, y menos papeles. “Después de todo lo que han pasado estas personas, lo han perdido todo”, aclara Suomi, portavoz del colectivo La Chapelle Debout, organización voluntaria dedicada a ayudar a los ‘sin papeles’.

Una disyuntiva que abre espacio a la incógnita: ¿qué pasará con aquellas personas cuyo asilo no les sea otorgado, pero sea muy peligroso enviarlos de vuelta a su país? Pregunta a la que la burocracia francesa le falta respuesta. Mientras hay quienes buscan sus razones en la desesperación; Europa no era lo que esperaban. Tanto que, a pesar de las malas condiciones en su país, para Yashed, volver a Afganistán se ha convertido en una opción. “Al menos en Afganistán moriríamos como hombres”, suelta como si tal cosa.

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