Referéndum en Hungría: un Orbán menos fuerte y una Europa con problemas

Hungarian Premier Viktor Orban delivers a speech in front of supporters in Budapest, Hungary, Sunday, Oct. 2, 2016. Hungarians overwhelmingly supported the government in a referendum on Sunday called to oppose any future, mandatory European Union quotas for accepting relocated asylum seekers but nearly complete official results showed the ballot was invalid due to low voter turnout.(AP Photo/Vadim Ghirda)

El primer ministro de Hungría, Víktor Orbán, durante el discurso posterior al referéndum del domingo. /Vadim Ghirda, AP

 

¿Quiere que la Unión Europea pueda decidir, sin el consentimiento del Parlamento, sobre el reasentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?. Esa era la pregunta que el gobierno liderado por Víktor Orbán hizo el pasado domingo a los húngaros para decidir si aceptaban plan de cuotas establecido por la Comisión Europea para redistribuir a los refugiados entre los distintos países de la Unión. Las previsiones se cumplieron y el NO arrasó con un 98% de los votos, es decir, ganó la opción contraria a que la UE pueda “imponer” a los parlamentos nacionales una cuota de refugiados. Sin embargo, la movilización no llegó al 50% que fija la legislación húngara para que la votación sea válida (participó alrededor del 45% de los ciudadanos con derecho a voto). Orbán no consiguió su objetivo, que iba más allá de los refugiados y quería convertirse en un nuevo golpe para la Unión Europea.

Sin embargo, los resultados son los que son. El partido de Víktor Orbán, Fidesz, tiene una holgada mayoría absoluta en el parlamento húngaro que le ha permitido reformar la constitución en un sentido mucho más autoritario. Asimismo, ha comprado el discurso de la formación ultraderechista, Jobbik, en materia de seguridad, terrorismo e inmigración. De cara al referéndum, Fidesz hizo campaña por el no. Una campaña que costó más de 36 millones de euros públicos y que llenó Hungría de carteles azules que criminalizaban a los refugiados a partir de una propaganda claramente racista. La importancia que daba el gobierno a este referéndum era tal que el ministro de la Oficina del Primer Ministro, Janos Lazar, llegó a vincular el futuro de la nación al resultado de la votación: “preservar la unidad demográfica es un prerrequisito para el futuro de Hungría”.

Al otro lado, solo el Partido Liberal Húngaro, con un escaño en la Asamblea Nacional, hizo campaña por el sí. Una campaña que no vincularon solo al referéndum, sino también al proyecto europeo: los partidarios del sí al sistema de cuotas hablaban también de un “sí a Europa”. Y es que tanto la formulación de la pregunta como el euroescepticismo manifiesto de Orbán convertían este referéndum en un nuevo examen para la Unión Europea. Paralelamente, la oposición también hizo una llamada a boicotear la votación para evitar que se llegase al 50% de participación. El no arrasó, pero el gobierno no fue capaz de movilizar a la gente suficiente.

El miedo a desaparecer

Hungría ha tenido históricamente el miedo a desaparecer del mapa. El temor a dejar de existir como nación se construye, según el politólogo Ivan Krastev, en la pertinencia histórica del territorio húngaro tres de los imperios más importantes de la historia: el otomano, el austrohúngaro y la Unión Soviética. Esta sensación se manifiesta todavía hoy cuando, por ejemplo, baja la tasa de natalidad, lo que nos da una imagen del miedo de los húngaros a perder su identidad. Como explica el profesor Jan-Werner Mueller en un artículo reciente en Foreign Policy, “los miedos históricos de Hungría apuntan hoy hacia los refugiados de Oriente Próximo”.

Este miedo histórico, atizado y dirigido por el gobierno de Orbán hacia los refugiados, ayuda a entender los datos que aporta el Pew Research Center. Según este think tank, un 76% de los húngaros piensa que los refugiados aumentan la posibilidad de atentados terroristas en el país; un 82% considera que los refugiados son un problema porque “quitan el trabajo y los beneficios sociales” a los ciudadanos húngaros; y un 43% se muestra convencido de que los refugiados cometen más crímenes que otros colectivos. Estos datos, sin embargo, no se corresponden con una llegada masiva de refugiados. Al contrario, desde que Hungría se blindó y cerró sus fronteras no ha entrado ningún demandante de asilo al país. A pesar de eso, el esfuerzo del gobierno para criminalizar a los refugiados (la mayoría de los cuales son de religión musulmana) tiene su efecto, y un 72% de los húngaros tiene una visión negativa de los miembros de esta religión.

Una reflexión: la participación, ¿insuficiente?

A modo de reflexión, en los referéndums en que se establece una participación mínima para considerarlos válidos, la abstención adquiere un valor. La gente favorable al Sí (sí a los refugiados y a la UE) tiene dos opciones: votar sí o abstenerse para boicotear la votación y que la opción contraria no prospere. Esto da valor a la abstención, algo que no ocurre en las demás votaciones, en que la abstención simplemente no cuenta. En la votación de Hungría, había incentivos claros para abstenerse. Dejando a un lado – aunque sea difícil – la temática del referéndum, ¿es aconsejable dar valor a la abstención?

La legislación húngara establece un mínimo del 50% de participación, porcentaje al cual no se llegó, por lo tanto, legalmente, el referéndum no es válido. Conviene recordar, sin embargo, que la participación ha sido en torno al 45%, un porcentaje superior, por ejemplo, a las elecciones al Parlamento Europeo del año 2014, que fue del 43,1% a nivel europeo. En aquellos comicios, la participación de Hungría no llegó al 30%. Y los resultados fueron válidos, como también lo fueron los del referéndum de Colombia para validar el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC (con una participación inferior al 40%) y que han dado la victoria al No. ¿Qué votación tiene más legitimidad?

Sorpresa para Orbán, problemas para Europa

El referéndum no ha salido como Víktor Orbán deseaba. El primer ministro húngaro esperaba salir reforzado en su liderazgo y con unos resultados que abalasen su política anti refugiados y su cruzada anti Bruselas. No ha sido así y el gobierno y su demagógica campaña de propaganda no ha conseguido llegar a los ciudadanos necesarios. Pero parece que eso da igual, ya que según Orbán el resultado es “excepcional” y “políticamente válido”, lo que supone “una gran victoria”.

En un momento de replanteamiento europeo tras el Brexit, la extrema derecha gana fuerza en muchos países, especialmente al este del continente. Hungría, con Fidesz y Jobbik, pero también en Austria, con el Partido por la Libertad, o Polonia, con Ley y Justicia, amenazan en destruir los valores fundamentales europeos. Unos valores, por otro lado, que Europa parece haber aparcado a la hora de dar respuesta a la crisis de los refugiados. Con un discurso populista, ultranacionalista, xenófobo y euroescéptico, esta extrema derecha está consiguiendo arrastrar a la Unión Europea hacia sus postulados. Sin ir más lejos, en el discurso sobre el estado de la Unión de este principio de cuso político, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, aceptó que “la solidaridad no se puede imponer”.

Después del Brexit, Orbán y otros líderes de extrema derecha (como Marine Le Pen, en Francia, o Geert Wilders, en Holanda) felicitaron a los británicos y se conjuraron para avanzar en la disolución de la Unión Europea. Por el flanco oeste, el Reino Unido ya ha decidido salir de Europa con un discurso abiertamente racista. Y por el flanco este, los países que 25 años atrás crearon el Grupo Visegrád para integrarse al proyecto europeo – Hungría, Polonia, Austria, República Checa y Eslovaquia – parecen postularse ahora para hacer justamente lo contrario: desmontar Europa bajo el liderazgo de Orbán y del presidente del partido Ley y Justicia, el polaco Jaroslaw Kaczynski. El referéndum de Hungría ha dejado un Orbán menos fuerte, pero los problemas para Europa continúan y el fin de sus crisis aún está lejos. 

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