Reconciliación en Colombia: «De nada nos va a servir silenciar los fusiles, si con nuestras bocas continuamos disparando insultos»

paz-colombia

/ peacelink.it

Es el conflicto más largo de Latinoamérica, cinco décadas de violencia incesante. Tras el acuerdo alcanzado entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la principal guerrilla del país, llega el turno de la ciudadanía. El pueblo colombiano decide en referéndum si valida o no los términos acordados. En El Impuntual hemos querido conocer la opinión de cuatro representantes de la nueva generación de colombianos sobre el conflicto y el camino hacia la paz. ¿Se ha llegado a un buen acuerdo? ¿Está cerca la paz? ¿Qué papel juega la política en este proceso? ¿Es posible una solución justa para todas las víctimas?

Mitchel J. Ovalle es abogado y politólogo a sus 25 años de edad. Creció en el departamento del Tolima, territorio de donde provienen las FARC y en el que se concentran las historias de los inicios del conflicto armado. Considera que, a pesar de las fuertes tensiones surgidas entre los miembros de la mesa de negociación y las presiones que recibió el Gobierno por parte de diferentes sectores, se ha logrado un buen acuerdo. «Destaco la tenacidad con que se pusieron sobre la mesa diferentes temas sobre los que parecía que existía cierta censura en cuanto a su debate público y formulación de posibles soluciones», asegura.

También existen, como no podía ser de otra manera, voces más críticas con el resultado de las negociaciones. Ángela Ospina, una joven de Cali recién graduada en periodismo, cree que «es el gobierno quien está cediendo a lo que demanda la guerrilla.» Aún así, añade: «La paz es algo demasiado extenso para esperar que con el acuerdo el país cambie. Sin embargo, pienso que es un gran paso hacia ella». Para Astrid Santos, médico colombiana residente en Madrid desde hace cuatro años, lo importante es que haya acuerdo. Reconoce que «desde el punto de vista de muchos colombianos el hecho de que miembros de las FARC no vayan a la cárcel por los delitos cometidos o estén dentro del Congreso y Senado es algo inaceptable». Pero recuerda que «el acuerdo es mucho más que eso, tiene un fondo social muy grande y, lo más importante, por fin cesará el conflicto armado con el que hemos convivido durante muchos años».

Una guerra abierta entre el Estado y la guerrilla en la que cada colombiano tiene su propia historia que contar al mundo. Mientras que Ospina reconoce pertenecer a una reducida élite que no ha sufrido las consecuencias directas del conflicto, Santos afirma que siendo muy pequeña ya tuvo experiencias directas con la violencia, lo que le ha marcado para toda la vida: «Siempre he vivido con miedo de que algo les pase a mis familiares, de que en el siguiente viaje de trabajo al campo fueran a desaparecer. Es una incertidumbre permanente”. Los abuelos de Ovalle fueron despojados de sus tierras por las FARC en los inicios del conflicto, en los años sesenta, teniendo que trasladarse del campo a la ciudad para sobrevivir. «Te mataban por tener prendas de determinado color, o un apellido que no fuera reconocido en algún escenario», asegura.

Las vivencias personales se ven reflejadas en la diversidad de opiniones respecto a los términos del acuerdo, algo palpable en cualquier rincón del país, sin embargo las ansias de paz parecen imponerse sobre todo lo demás. Juan Manuel Ramírez Montero, periodista del emblemático diario El Tiempo, asegura en tono esperanzado que «la firma y refrendación constituye el comienzo de la construcción de una paz estable y duradera, aunque ahora sigue el desafío más grande que corresponde a implementar los acuerdos». Considera importante conocer el contexto y recuerda que «esto no comenzó hace seis años cuando se iniciaron las negociaciones con las FARC», sino que fue el expresidente Andrés Pastrana quien hace dieciséis años intentó unas negociaciones fallidas en una época en la que la guerrilla amplió su presencia en el territorio y se fortaleció.

Ramírez Montero añade que el apoyo económico de Estados Unidos permitió modernizar y fortalecer las Fuerzas Armadas y el siguiente presidente, Álvaro Uribe -quien actualmente, en su papel opositor, encabeza el movimiento del No al acuerdo- consiguió llevar a la guerrilla hasta su mínima expresión, allanando el camino al actual presidente Juan Manuel Santos. Por ello considera «una paradoja que los dos anteriores presidentes al actual sean los que lideren la oposición a este proceso, porque en cierta forma contribuyeron con lo que hoy sucede».

El uribismo, tal y como se conoce al movimiento político informal que apoya al expresidente, ha intentado deslegitimar el acuerdo y sostiene que el país va camino de una ‘impunidad total’, además está en contra de que se ‘premie’ a la guerrilla con la posibilidad de participar políticamente. Para Ovalle «lo cierto es que con una actitud pesimista y omitiendo los términos del acuerdo de paz en algunos casos, y tergiversándolos en otros, el uribismo ha acudido a la desinformación y a los argumentos emocionales para hacer su campaña Por una Paz Verdadera, Vota No». Considera que a cambio de ser un proceso abiertamente ciudadano, éste se ha convertido en un fortín político para muchos partidos, lo que ha degenerado en una polarización de la opinión pública entre defensores y detractores del acuerdo, si bien existe una mayoría social que lo apoya.

De hecho, tal y como asegura Ospina «se ha visto que las víctimas son las primeras en estar de acuerdo. No quieren más guerra». El complejo proceso de reparación del daño, recogido en el acuerdo, ya ha comenzado. «Hoy, los señores de las FARC están haciendo un recorrido por los lugares donde se cometieron masacres en el país para pedirles en persona perdón a las víctimas», afirma Ramírez Montero. Pero existen víctimas en ambos bandos. Muchos guerrilleros no han conocido otra vida que no sea la de vivir en la selva, por lo que apenas han tenido elección. «Si naces y creces en ese ambiente, sin que se te den otras opciones de vida, sin acceso al sistema educativo ni sanitario, sin oportunidades reales, es lo único que puedes hacer», opina Santos. «Al final son seres humanos que por varias razones se han visto envueltos en el conflicto armado y no puedes negarles la oportunidad de ser parte de la sociedad», concluye.

El programa de reparación a las víctimas es uno de los grandes retos a los que tiene que hacer frente el Estado y el conjunto de la sociedad colombiana, pero no el único: el acuerdo también plantea, entre otras cuestiones, la dejación de las armas y la entrega de los bienes de la guerrilla, una ambiciosa reforma agraria para regularizar tierras que haga prosperar las zonas rurales o conseguir una verdadera implantación del Estado en aquellos lugares donde el conflicto no le permitía llegar. «Debe contarse con una institucionalidad muy fuerte para implementar lo que está acordado», afirma Ramírez Montero. Todos son conscientes de que la paz es un reto que va más allá de la firma de un acuerdo. Ovalle lo tiene claro: «Hemos de comprometernos con el fomento de una cultura de paz que incentive la tolerancia, el perdón y la reconciliación. De nada nos va a servir lograr silenciar los fusiles, si con nuestras bocas continuamos disparando insultos».

One thought on “Reconciliación en Colombia: «De nada nos va a servir silenciar los fusiles, si con nuestras bocas continuamos disparando insultos»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *