Erdogan ya no es nuestro hijo de puta

Vladimir Putin y Tayyip Erdogan en una reunión con sus ministros de asuntos exteriores, Sergéi Lavrov y Ahmet Davutoglu / Osman Orsal, REUTERS

A finales del pasado mes de mayo, un equipo del Impuntual tuvo la oportunidad de visitar las oficinas centrales de la OTAN en Bruselas. Allí, despojados de cualquier dispositivo electrónico y bajo fuertes medidas de seguridad, pudimos entrevistarnos durante algo más de media hora con el embajador español en la organización, Miguel Aguirre de Cárcer. Aquella reunión ha sido una de las más reveladoras en mi corta vida periodística. En su primera intervención, Miguel Aguirre nos explicó la posición de España en la cumbre que se celebraría semanas después en Varsovia, entre las que destacaban la apuesta por una mayor acción en Afganistán y una apuesta firme por estrategias de disuasión ante “la permanente amenaza rusa”. Sin embargo, lo que más llamó nuestra atención fue su énfasis en que la OTAN, tal y como reza el punto número dos de su carta oficial, es un conjunto de países “único” que comparte los valores de “libertad, democracia y derechos humanos”.

            En el turno de preguntas, preguntamos cómo podía encajar un país como  Turquía en tal definición. No es este el lugar para detallar la violación de derechos humanos y la transición del gobierno de Erdogan de democracia a autocracia. Basta con recordar lo que el propio Erdogan afirmaba en 1996: “La democracia es como un tranvía. Cuando llegas a tu parada, te bajas”. Y así ha sido. Lo que en 2011 parecía ser una verdadera apuesta por el Islam político, la democracia y la economía de mercado, se ha transformado en un oscuro régimen donde la represión, el encarcelamiento de periodistas, las torturas y las purgas administrativas están a la orden del día.

“Turquía no es una dictadura, es una zona gris y no hay motivos de expulsión”

Ante la pregunta, nuestro embajador confirmó nuestras sospechas: la posición geoestratégica de Turquía es tan importante que hace que “seamos menos exigentes en otras cuestiones”. Además, puntualizó que Turquía “no es una dictadura, es una zona gris y no hay motivos de expulsión”. En otras palabras y parafraseando a Roosevelt, Miguel Cárcer nos dijo que Tayyip Erdogan era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta. Daba igual la deriva autoritaria del gobierno, la acumulación de poder y la violación sistemática de derechos humanos siempre y cuando Turquía se mantuviera como aliado –aunque incómodo- en una posición clave en el tablero de Oriente Medio. La península de Anatolia es un pivote estratégico fundamental, con proyección al norte de África y Oriente Medio, y cuenta con bases militares de gran utilidad para EEUU y sus socios en la guerra siria. Eran tiempos felices en los que nada hacía presagiar que esta situación podía cambiar.

El golpe de Estado

El intento fallido de golpe de Estado el día 15 de julio ha supuesto un antes y un después en las relaciones exteriores de Turquía. En un país aficionado a las teorías de la conspiración, la tardanza y la tibieza de EEUU a la hora de rechazar el golpe han hecho que gran parte del gobierno y de la población señalen a EEUU como instigador del golpe contra Erdogan. Esta teoría ha sido alimentada por los principales medios de comunicación e incluso por altos cargos del gobierno que afirmaban que era evidente que “América está detrás del golpe”. El sentimiento de desconfianza hacia EEUU no ha parado de crecer desde entonces. El rechazo estadounidense a deportar a Fetullah Gulen, principal acusado como instigador del golpe, ha enfurecido todavía más al gobierno turco. Erdogan considera una traición que EEUU se niegue a su deportación aludiendo a la falta de pruebas sólidas y garantías de un juicio justo, ya que Turquía ha entregado desde el 11-S a terroristas a EEUU sin pedir garantías de ningún tipo.

¿Y cómo ha afectado esto a las relaciones exteriores de Turquía? Hasta la fecha los movimientos han sido varios y de gran calado. En primer lugar, Erdogan reparó las relaciones con Rusia –prácticamente rotas desde el derribo del avión ruso en noviembre de 2015- y desde hace unas semanas, “la puñalada por la espalda” que denunció Putin ha resultado ser una herida “curable”. Tras la disculpa de Erdogan por el derribo del caza ruso, las relaciones comerciales se han restablecido y el tono diplomático ha sido notabemente diferente al visto en meses anteriores. La reunión de los dos líderes, Erdogan y Putin, en Moscú escenificó algo todavía más importante: Erdogan se entiende mejor con Putin que con cualquier líder occidental. Hablan el mismo idioma, tienen objetivos comunes y ninguno pregunta lo que hace el otro en su casa.

En segundo lugar, Turquía ha cambiado su rol en la guerra Siria. Por un lado ha decidido intervenir militarmente sobre el terreno, algo que no había ocurrido hasta ahora. Y lo ha hecho sin preguntar ni a EEUU ni a la OTAN. Según afirma el Wall Street Journal, mientras Washington preparaba una operación conjunta con Turquía, Ankara “apretó el gatillo de forma unilateral” haciendo saltar las alarmas en el Pentágono. Dos de sus principales aliados en el laberinto sirio, Turquía y los kurdos, estaban a punto de combatir entre sí y las relaciones con Turquía se encontraban en un momento de máxima desconfianza.

Turquía también ha cambiado su discurso sobre el conflicto. Erdogan y Putin limaron sus diferencias sobre la guerra y anunciaron una nueva alianza militar sobre el terreno a la que se ha unido Irán. Esta triple alianza, imposible de predecir hace tan sólo unos meses, dibuja un escenario inédito en Siria e inquieta a Occidente. Además, Erdogan ha abierto la posibilidad de alinearse con la solución que proponen tanto Rusia como Irán, es decir, una salida política en la que Bachar Al Assad se mantenga en el poder. Se trata de un cambio de 180 grados en la postura de Turquía sobre la guerra, que hasta ahora había colaborado abiertamente con grupos rebeldes y rechazaba cualquier solución que pasara por Al Assad.

Han pasado apenas cuatro meses desde nuestra visita a la sede de la OTAN. Cuatro meses en el que el aliado al que se le permitía casi todo se ha convertido en un actor impredecible, desconfiado y que abre la puerta a nuevas alianzas. Es imposible adivinar cómo se desarrollarán los acontecimientos en Siria durante los próximos meses, pero lo que sí podemos saber es que la nueva estrategia de Turquía ha cambiado para siempre el equilibrio de fuerzas. Y EEUU y las oficinas de la OTAN empiezan a temblar.

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