Brexit: Fuera de la Unión Europea y dentro de un mar de dudas

(Photo by Oli Scarff/Getty Images)

Cartel del partido euroescéptico UKIP / OLI SCARFF (GETTY IMAGES)

Este artículo ha sido elaborado conjuntamente por Bernat Surroca y Marina Force

Reino Unido se va. Así lo decidieron los británicos en referéndum el pasado 23 de junio. Con un justo pero suficiente 52% a favor del Brexit, la ciudadanía británica ha optado por empezar una nueva etapa más lejos de la Unión Europea con el sueño de recuperar la soberanía nacional en un mundo cada vez más global, de recuperar el pasado glorioso de aquella Gran Bretaña potencia mundial y de frenar la supuesta oleada de inmigración que, para demasiados británicos, es la causa de muchos de los problemas del país. Una decisión de futuro para volver al pasado.

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Portada de The Sun tras el Brexit / THE AUSTRALIAN

Los colegios cerraron a las once de la noche. A las pocas horas del comienzo del escrutinio, concretamente cuando llegaron los resultados de Sunderland, los ojos de los brexiters empezaron a iluminarse. Esta ciudad al noreste de Inglaterra  marcó el cambio de tendencia en los resultados a favor del Brexit. Con una población de más de 275.000 habitantes, fue la primera ciudad importante donde ganó el Leave. Y ganó con más margen de lo esperado.

A partir de ahí, el recuento se desarrolló según lo previsto: Londres y las ciudades grandes, modernas y cosmopolitas, junto con Escocia e Irlanda del Norte, a favor del Remain, de quedarse en la Unión Europea. Por el contrario, las zonas rurales de Inglaterra y Gales votaron por el Leave.

Las consecuencias inmediatas del referéndum fueron una caída de 6% de la Libra Esterlina en los mercados – algo que no ocurría en la economía británica desde 1985 -, y la dimisión del Primer Ministro, David Cameron, anunciada para el próximo congreso de los Tories. “Haré todo lo que pueda como primer ministro para enderezar el barco en las próximas semanas y meses, pero no creo que estuviese bien intentar ser el capitán que conduzca nuestro país hacia su próximo destino”, anunció el Primer Ministro la mañana del viernes 24, tras conocerse los resultados. Con un irónico See EU later, el popular (y populista) tabloide The Sun titulaba su portada.

La culpa no es de los votantes ni del referéndum

El referéndum del Brexit ha servido para mostrar a los euroescépticos la puerta de salida de la Unión Europea. Los contrarios al proyecto europeo se apresuraron a otorgarse la victoria y a exigir más referendums, aprovechando la debilidad de Bruselas y el éxito del discurso eurófobo. Marine Le Pen en Francia y Geert Wilders en Holanda no tardaron en felicitar a los británicos y a exigir una votación en sus países.

Uno de los problemas del discurso euroescéptico es su habitual vínculo con la extrema derecha populista, racista y ultranacionalista. Por eso el voto de los británicos sorprendió y levantó críticas, normalmente desde una posición paternalista hacia aquella gente que “no sabe votar”. En este sentido, también se criticó a David Cameron por la convocatoria del referéndum. Una decisión motivada por intereses políticos internos y cuyas consecuencias pueden tener un alcance global.

El perfil de votante partidario del Brexit, es el de una persona conservadora de derechas o extrema derecha – aunque algunos sectores de izquierda radical también son contrarios al proyecto europeo. Los votantes del UKIP y el Partido Conservador son los más euroescépticos, si bien el segundo está muy dividido en esta cuestión. Por el contrario, los votantes de Liberales y Laboristas son más partidarios de permanecer en la UE.  

En cuanto a la edad, los mayores de 65 años son los más euroescépticos y los menores de 30 los más optimistas acerca del proyecto europeo. Desgraciadamente para los europeístas, la movilización de la población joven fue menor, dando ventaja a los mayores. También el poder adquisitivo es un elemento relevante: a menor poder adquisitivo mayor tendencia a votar por el Leave. Por último, en lo que refiere al nivel de estudios, vemos que a más estudios (universitarios o educación superior), más sentimiento europeísta.

El Financial Times recogía lo que para algunos puede ser una paradoja: las regiones más beneficiadas por Europa, son las más euroescépticas. Aquellos que reciben más ayudas son los que se quieren ir. Y es precisamente este el principal problema de la UE: no ser capaz de mostrarse como una herramienta útil para la gente. Si a eso le sumamos que el votante partidario del Leave es más susceptible de ser convencido por discursos populistas, tenemos a un conjunto de población partidaria de marcharse de la Unión Europea, cuando su situación fuera de la UE no necesariamente será mejor.

Este grupo de personas son las perjudicadas por la globalización, las que han perdido sus puestos de trabajo, las que no han salido de la crisis económica o han visto perjudicada su calidad de vida. Este segmento de la sociedad, que ya no percibe la Unión Europea como una solución, puede ser fácilmente convencido de que los inmigrantes son el problema, de que Europa y Bruselas solo son élites despóticas que imponen leyes, de que la liberalización comercial les perjudica. Y pueden tener parte de razón. Ante eso, Europa no es capaz de articular un discurso que llegue a esta parte de la población, cosa que sí pueden hacer los populismos: soluciones fáciles a problemas complejos.

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Así votó el Reino Unido / PRESS ASSOCIATION

La campaña del Remain no ha sido capaz de movilizar a los jóvenes (más europeístas) ni de construir una alternativa sólida al Brexit. Cameron, los remainers y la Unión Europea no han sido capaces de presentarse como la mejor opción para los británicos, solamente han podido advertir de los peligros del Brexit, apostar por el discurso del miedo, movilizar a las élites y a los poderes financieros para asustar a la población de una posible salida de la UE. La victoria del Brexit ha demostrado la ineficacia de este discurso y los británicos – con sus razones, sus problemas y la falta de alternativa – se han decantado por tesis simplistas, populistas y, como ha reconocido el propio Farage, falsas.

En este sentido, la culpa tampoco es del referéndum. Después de ver los resultados, algunos líderes políticos criticaron haber trasladado a la ciudadanía una responsabilidad tan importante. Es cierto que Cameron convoca un referéndum por razones de estrategia política interna (consolidar su liderazgo en el Partido Conservador, frenar el ascenso del UKIP, tener una posición de fuerza ante Bruselas…) y el resultado no ha sido el esperado. Pero el referéndum sólo refleja una realidad: Europa tiene un problema. Hay un grueso significativo de la población que ve a la Unión Europea como algo lejano e ineficiente. Culpar a Cameron de preguntar a los ciudadanos o culpar a los ciudadanos de votar “mal” es ocultar el problema.

Europa tiene que cambiar y un primer paso puede ser admitir sus errores, dejar de culpar a los votantes, escuchar más a la población, demostrar que es útil y conseguir articular un discurso fuerte que llegue a este segmento de población susceptible de ser convencido por la extrema derecha euroescéptica, y que sea capaz de desactivar a los populismos. Si Europa no entiende el Brexit como una oportunidad de replantearse, puede que los británicos no sean los últimos en abandonar la Unión.

No es la inmigración, sino el miedo a la inmigración

Esta campaña ha estado marcada por la xenofobia y el racismo, cuyo eco se ha manifestado en forma de cifra en los debates: 333.000. El número de inmigrantes llegados a Gran Bretaña el año pasado. La inmigración ha sido, sin lugar a duda, un tema decisivo en la votación. Una carta a la que recurrían frecuentemente los partidarios del Brexit y el líder del grupo político euroescéptico UKIP, Nigel Farage.  

Así lo constata una encuesta realizada el 20 de junio por Ipsos/MORI, que revelaba que el 47% de los votantes a favor del Leave percibía la inmigración como una chacra para la economía de la isla.  Esto, a pesar de los resultados de un estudio del National Institute of Economic and Social Research, en el que se concluía que la llegada de migrantes había contribuido a aumentar el producto interior bruto y a disminuir el coste de la atención sanitaria y las pensiones, repercutiendo positivamente en las tasas.    

El referéndum del jueves puso sobre la mesa una gran paradoja. Y es que las regiones con mayor número de inmigrantes fueron, por el contrario, las que más optaron por el ‘remain’. Este es el caso de Londres, que absorbió 133.000 de las 333.000 llegadas, o de Manchester, que con 13.554, dobló las de 2014.

A nivel local, el barrio de Lambeth (en Londres) fue el que registró más votos en contra del Brexit (78%), a pesar de haber recibido 4.598 migrantes, mientras que Castle Point (Essex) fue el barrio con más votos a favor de la salida (72%), con tan solo  81 inmigrantes recién llegados.

Este patrón, aunque con algunas excepciones, se entiende sólo si se concibe la inmigración como cabeza de turco. Muchos ciudadanos que han sufrido los cambios económicos y las presiones derivadas de la globalización manifiestan su ansiedad a través de un sentimiento contrario a la llegada de migrantes.

“Solemos ver un sentimiento anti-inmigración en áreas golpeadas por circunstancias económicas cambiantes o crisis globales”, explica Alexandra Ciron, de la London School of Economics, en un artículo del de The New York Times.

Este fenómeno no es nuevo. Lo pudimos ver con el auge del partido neo-fascista Amanecer Dorado, en Grecia – la tercera fuerza después de las elecciones de setiembre. Fue visible también con el apoyo  a las declaraciones del republicano Donald Trump, en referencia a la construcción de un muro al sur de Estados Unidos, a pesar de que el número de inmigrantes mexicanos ha permanecido congelado en 0 desde 2010.

Entre algunos británicos –los que perciben salarios más bajos– , pues, predomina la percepción que evitar la entrada de migrantes prevendrá los cambios que les inquietan. No obstante, después del Brexit vendrán otros, que quizás deberían preocuparles más. La salida de la UE despierta muchos interrogantes y puede ser fuente de un gran número de cambios y, peor aún, de inestabilidad.    

¿Divorcio amistoso? Tres escenarios de futuro

La relación entre el Reino Unido y la Unión Europea siempre ha estado lejos de ser idílica.  Londres ha marcado distancia con la autoridad de Bruselas a través de los opt-outs (cláusulas de exención) en políticas centrales para el proyecto europeo, como el euro y Schengen.

Tras el Brexit, las búsquedas en google relativas a las consecuencias de la salida se dispararon y revelaron la confusión y preocupación de millones de personas. Es la primera vez que un miembro de pleno derecho de la UE decide irse. Se trata de una situación sin precedentes.

De acuerdo con el Tratado de Lisboa de 2009, el Reino Unido tendrá que negociar su salida durante un periodo de dos años, una vez invoque el artículo 50 para abandonar el grupo de los 28 (a partir de entonces, 27). Londres tendrá que desprenderse de las regulaciones de la UE y  determinar el estatus de los millones de europeos viviendo en la isla y los británicos que residen en otros puntos de Europa. La negociación comercial, no obstante, se prevé la más ardua.

Hasta la fecha, se desconoce qué aspecto podría tener esta nueva relación, aunque podría tomar la forma de otros vínculos que mantiene la UE con estados no miembros. Noruega, por ejemplo, forma parte del Espacio Económico Europeo (EEE), por lo que tiene acceso parcial al Mercado Único de bienes y servicios. No obstante, tiene que contribuir al presupuesto comunitario, seguir algunas de las regulaciones en materia de empleo, protección del consumidor, medio ambiente y competencia  y, todo esto, sin tener voz ni voto para cambiarlas. Además, Oslo tiene que aceptar la libre circulación de personas de la Unión Europea, un tema espinoso para Londres. 

Otro modelo a seguir podría ser el de Suiza, que no es miembro de la EEE, aunque tiene garantizado el acceso parcial al Mercado Único a través de acuerdos bilaterales ‘a la carta’, que no incluyen los servicios – que suman un 80% de la economía del Reino Unido.

Si el Reino Unido optase por la salida total del Mercado Único, tercer escenario, renunciara a negociar ningún tratado o política común, con lo que la alternativa más viable sería ingresar en  la Organización Mundial del Comercio (OMC), un ‘club’ de 162 países del que también forman parte todos los países de la Unión Europea.  De esta manera, Londres podría fijar aranceles a las importaciones -aunque bajar el impuesto es complicado porque se sitúa en 1% en el caso de los bienes europeos- y no estaría sujeta a la libre circulación de bienes ni personas.

La posición de la UE durante las negociaciones va a ser determinante. El presidente de Francia, François Hollande, ha pedido que el procedimiento de salida de Gran Bretaña sea “rápidamente aplicado”.

Peter Oppenheimer y su equipo de Goldman Sachs asegura que Londres podría no invocar el artículo 50 a corto plazo, para usar esta incertidumbre con el objetivo de  “extraer más concesiones del resto de Europa”.  Son muchos los brexiters partidarios de mantener el Mercado Único  y la libre circulación de personas. En Bruselas, no obstante, imperan las voces intransigentes, que encuentra justificación en un temido efecto contagio o dominó. La cancillera Angela Merkel y algunos de los países nórdicos son los únicos que se han mostrado más benévolos y receptivos.

Y es que, tal y como advierte el periodista Albert Garrido, la incomodidad con el entramado europeo que siempre ha mostrado el Reino Unido “se extiende como reguero de pólvora por países de larga y sólida tradición europeísta a igual ritmo que crecen los auditorios de Marine Le Pen, Geert Wilders, Alternativa  por Alemania y otras facciones in crescendo que propagan la buena (mala) nueva de que las soluciones se hallan en el renacimiento de la nación”. De momento, la incertidumbre abunda en la Unión Europea y las respuestas escasean.

Fuente: Council on Foreign Relations. Autora: Marina Force

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